El Málaga sigue colista tras empatar 1-1 ante un Zaragoza conservador


Los experimentos suelen salir mal. Los fichajes de tantos jugadores cuya valía para el fútbol español no estaba suficientemente contrastada comienzan a dejar en la afición el poso de que este Málaga no es ni por asomo mejor que el del año pasado. Se pueden poner todos los paños calientes que uno quiera -la cercanía de la zona de salvación, el condicionante de la expulsión de Weligton o la unidad en el vestuario-, pero da la impresión de que el equipo no da más de sí. Con cambios o sin ellos, con la apuesta por un sistema o por otro y con más o menos confianza en distintos tipos de jugadores. La cuestión es que sigue anclado.

Conviene apuntar de antemano que el partido del Málaga quedó lastrado por el penalti de Munúa a Lafita -la televisión demuestra que no fue, pero el uruguayo debía haberse ahorrado esa salida- y la supina torpeza de un veterano como Weligton que sacó a pasear el puño en el momento más inoportuno, cuando el Zaragoza se había quedado con diez por la expulsión de Paredes y encima Muñiz había sacrificado dos piezas defensivas (Juanito y Toribio) para incluir a Duda y Forestieri. Pero aun así es justo reconocer que, pese a los datos numéricos -hasta trece tiros por cinco del rival-, nunca dio la impresión de que el conjunto local pudiera hacerse con el partido.

Todo comenzó con una alineación a priori extraña, con la presencia de dos filiales (el central Iván y el centrocampista Toribio) en los puestos de dos incorporaciones, Stepanov y Xavi Torres. Curiosamente, ambos no sólo no desentonaron, sino que ofrecieron un buen tono (como ya sucedió en la vuelta de la Copa). Pero lo más llamativo fue la vuelta al sistema con tres centrales.

Carencias en las bandas

Este último detalle refleja que definitivamente el mal del Málaga está en las bandas. La apuesta por el planteamiento ya empleado con el Valencia durante media hora y también en el mejor periodo de la temporada, precisamente en Zaragoza en la Copa, obedece a que Duda, Luque, Obinna, Valdo y Fernando no ofrecen recorrido por los flancos. No parecen tener fuelle para desbordar e incomodan al lateral de turno -como le sucedió a Jesús Gámez en Tenerife- al ofrecer muy poco en la presión.

Muñiz prefirió conceder ayer libertad a Luque y Fernando. El primero estuvo así más cómodo. Sin la necesidad de trabajar y con la limitación física ya consabida, el catalán aguantó el partido y, aunque le costó un mundo encarar, sí contribuyó a desordenar al contrario y mostró su compromiso con el equipo y, sobre todo, el entrenador.

Del Zaragoza poco se puede decir. Tiene más calidad que el Málaga -para empezar, Lafita-, pero su intensidad es tan baja que incluso así el conjunto blanquiazul, agarrotado, nervioso, desquiciado y limitado, llegó a soñar con el triunfo. El conjunto maño sólo tiró entre los palos en la acción del penalti y en una prodigiosa jugada del referido medio punta. Eso sí, en los últimos diez minutos dispuso de tres llegadas muy peligrosas que hicieron temer por el empate. Muñiz debió apuntalar la cobertura con Hélder por mucho que el público se hubiera sublevado. Un punto vale más que ninguno.

El Málaga fue un constante quiero y no puedo personificado en la figura de Apoño, el único futbolista capacitado para cambiar la dinámica de juego del equipo -bien en cuanto a ritmo, bien en la capacidad de sorpresa-, en constante pulso al árbitro y empecinado en hacerlo todo él. No es habitual verlo cometer tantas imprecisiones en la entrega del balón. Y más en la recta final, cuando estuvo muy cerca de regalar el punto con dos errores monumentales.

A partir de ahí todo es más sencillo de explicar. El Zaragoza jugó con su sistema habitual, con dos puntas, y neutralizó en los primeros minutos la salida del balón. De esta forma, inutilizó a Juanito y de camino a Apoño. Munúa recurrió entonces al golpeo en largo, el primer punto de desesperación entre los aficionados. Tuvo que ser el joven Iván el que asumiera galones e iniciara la jugada.

El control del Málaga apenas se vio reflejado en ocasiones claras en la primera parte. Ni Luque ni Fernando acertaron. La falta de acierto también comienza a pesar en las botas de los jugadores y provoca una ansiedad que desemboca en precipitación, como les sucedió a Luque, Duda u Obinna tras el descanso.

El público, harto de ver a un equipo limitado, la emprendió de nuevo con Muñiz. Sorprendió que sucediera en el minuto 76, sólo dos minutos después del empate y con el equipo volcado. El regusto de la temporada pasada aún perdura. Al entrenador se le pueden cuestionar sus numerosos cambios semana tras semana -otros pensarán que es obligado buscar soluciones-, pero no el compromiso de los jugadores hacia su persona. Sólo que con eso basta. El Málaga no da más de sí. Esa es la triste y preocupante realidad.

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