El Málaga se atasca en su propio embudo (1-1)

Demichelis se prepara para entrarle a Nino.

Hay tardes en que el Málaga no necesita rival. Él mismo ve molinos en el césped. Mientras la afición ve una opción pintiparada para acabar en puesto europeo, Manuel Pellegrini trabaja pensando en el largo plazo. El futuro dirá si el chileno obra bien o no. Pero el camino a la excelencia futura que busca se convierte casi siempre, como ayer, en una lucha quijotesca. El estilo pretendido, fútbol de salón, pases milimétricos hasta la línea de gol y exceso de ataques por el centro, llega a obcecar tanto a los jugadores que se acaba convirtiendo en un embudo. Y no hay magia de guardia para 38 jornadas, aunque la varita de Isco siga iluminada. Querer ganar los partidos de una única manera es una moneda al aire y ya han salido muchas cruces. Cruces que están dejando demasiados puntos por el camino.

El ejemplo supremo es Santi Cazorla. Parece empequeñecido y atrapado en un molde de futbolista perfecto. Siempre busca el regate imposible, ese en que una vez driblado a su par, vuelve hacia él para repetirlo. Pretende dar un pase para la historia y olvida lo bien que chuta. Y cuando lo hace, parece no valerle el gol si no es por la escuadra. Pellegrini le ha pedido que sea el oráculo del equipo y él ha dejado de ser ese niño que divertía a todos en el recreo para convertirse en un académico de biblioteca.

Sirva también la apuesta abnegada por Duda como medio centro, que le está costando la pérdida de respeto del público. Ayer el luso fue silbado al primer balón perdido. Reciclarle en esa posición es obligarle a tocar un instrumento que no sabe. Pellegrini le ha quitado el violín y le pide que sepa tocar el bajo. Y claro, desafina, y con él el equipo. 

Planteado ese laberinto, cabe entender por qué Osasuna sisó un punto cuando se presuponía que estaba en un lugar inaccesible (ver la clasificación recuerda lo doloroso de los que se han dejado de sumar). Habría sido más lógico desde el empate sin goles, porque decidió enfocar La Rosaleda con una sola portería. Pero el Málaga volvió a hacer pública la combinación de su caja fuerte. Weligton, beneficiado del agujero de Anoeta, fue a estrellarse contra Sergio Sánchez en lugar de despejar. Otro pinball en el área (y van) e Ibrahima anotó el único tiro rojillo entre los tres palos. La escena, repetida, reveló una peligrosa tendencia: nadie se habló para no estorbarse, nadie se recriminó el despiste concatenado. Nadie se habla cuando vuelven del descanso. Por ahí pasan algunas claves para entender por qué tanto problema para engrasar la cadena de producción y el ruido en el vestuario. Los jugadores de Pellegrini suelen desentenderse del automatismo ajeno y así flota ese aura de equipo funcionarial. Las quejas, a su departamento. O que lo resuelva Toulalan, que para eso es omnipresente.

Podría alegarse la falta de puntería como explicación del empate final. Ciertamente, Duda, Rondón, Sebas Fernández y Juanmi tuvieron el sello para una victoria más que merecida por la insistencia, no por el fútbol. Pero haber sacado el encuentro adelante sólo habría sido otro parche más en el problema que tanto se repite. Mendilibar también entendió que pertrecharse atrás vale para hacer mucho daño al Málaga, empeñado en entender el ataque con visión túnel y mirando las bandas sólo de reojo.
Por fortuna, Isco es un insurrecto que permite al equipo ser más diagonal. Sólo una vez, en la apertura a Sergio Sánchez previa al 1-1, pudo dibujar el pase que se precisaba para romper el muro pamplonica. Sólo él supo ver el martillo pilón que fue Monreal ante Roversio, un zurdo sufriendo a banda cambiada. Las musas le adoran, pero no le acompañan los 90 minutos. Él está haciendo lo que debería ser Cazorla, él colorea los grises partidos que sigue dando el Málaga. Pero el equipo continúa con su renuncia expresa a las bandas para honrar el estilo salvo que el resultado ahogue, como en la segunda mitad. Con un fútbol más abierto, dejará de ahogarse sin agua.